La iglesia-empresa: ¿Qué vendrá luego? Por: Iván Balarezo Pérez

Desde hace años, un número creciente de iglesias evangélicas en América Latina y en el Ecuador han experimentado importantes y acelerados cambios, ya sea por pura imitación o por deseo de novedad. Unos cambios han nacido de la inquietud de líderes y pastores por encontrar formas de alcanzar con mayor eficacia a los no creyentes; otros, por el afán de servir mejor a sus congregaciones y satisfacer las numerosas necesidades de personas a veces muy heterogéneas en edad y trasfondos sociales, económicos y educativos. En el camino, muchas congregaciones han puesto en marcha variados ensayos, con distintos resultados.

Pero, aunque algunos ensayos y sus resultados pudieran haber tenido éxito numérico en asistencia y ofrendas en algunos casos, no todos esos cambios han sido positivos ni saludables. Para comenzar, ¿qué es tener “éxito” en el contexto de la fe?  Algunos cambios, más que contribuir a edificar y fortalecer el Cuerpo de Cristo e intentar responder a los nuevos escenarios impuestos por la globalización de la cultura de masas, han contribuido a deformar el espíritu y la razón de ser de la Iglesia. Debemos recordar que la comunidad de creyentes en Cristo, que no es otra que la Iglesia, es el resultado directo e intencional del sacrificio de Cristo en la cruz. La iglesia no es un accidente imprevisto de la encarnación del Hijo de Dios, y mucho menos un “paréntesis” en la historia de la salvación.

Por eso conviene tener serias precauciones a la hora de implementar cambios en nuestras iglesias porque podemos estar alejándonos de una práctica sana de la fe e incluso de la fe misma, y no obstante permanecer convencidos de que seguimos fieles al proyecto de Dios. En la Iglesia del Señor Jesucristo no existen los cambios inocuos, parciales o de simple forma. En ella todo cambio, por pequeño que parezca, no deja de provocar consecuencias en el conjunto, no solamente en una parte. Igual que en el ambiente comunicativo, en la iglesia los cambios son siempre “ecológicos”: cambian TODO.

Preguntémonos: en nuestras iglesias, ¿cómo y qué se predica? ¿Cómo se celebra el culto a Dios? ¿Qué importancia tiene la liturgia y sus símbolos? ¿Qué lugar se le da a la Biblia? ¿Qué se enseña? ¿Cuán importante es la educación en la fe? ¿Cómo se entiende el ministerio pastoral y el liderazgo cristiano? ¿Cómo se evangeliza? ¿Qué es un creyente? ¿Cómo se atienden las necesidades de los creyentes? ¿Cómo se sostiene una iglesia? Éstas son unas pocas de las muchas y muy importantes interrogantes que hay que considerar y buscar responder de forma bíblica, porque es en estas importantes áreas, entre otras, donde han ocurrido cambios infortunados.

Por eso no queremos dejar de lado la pregunta quizás más importante, la pregunta que condiciona las respuestas a todas las demás preguntas y evidencia el carácter del cambio: ¿Qué es la Iglesia?

Si cambiamos lo que la Biblia enseña sobre la naturaleza de la Iglesia, siguiendo modas y criterios errados, CAMBIA la naturaleza de TODO: liderazgo, educación cristiana, culto, evangelización y todo lo demás. Sin ninguna duda en muchas de nuestras iglesias estamos frente a un cambio ecológico, es decir total, aunque nunca hayamos tenido la intención de provocarlo y nuestra idea sólo haya sido hacer algunos “retoques” para mejorar ciertas cosas aquí y allá. Pero con los cambios ecológicos ocurre lo mismo que con las fichas alineadas de un dominó: si cae una ficha, cae el resto en una sucesión imparable.

La introducción del modelo empresarial en nuestras iglesias es la muestra patente de un cambio ecológico e infortunado provocado por una moda irreflexiva y por la avidez por lograr resultados espectaculares e inmediatos. El cambio ya se había anunciado décadas antes cuando se empezaron a adoptar los modelos de administración de empresas (misión, visión, etc.) para mejorar el manejo de los asuntos que creíamos más “terrenales” y “burocráticos” de la iglesia, y se empezaron a usar los modelos de terapia sicológica no directiva para aplicarlos en la consejería cristiana. Y quizás sin advertirlo, muchos líderes y pastores vieron natural, e inocuo, dar el paso siguiente y adoptar otro modelo a modo de un nuevo “retoque”: el modelo de negocios empresarial, pensando que el cambio era apenas un préstamo meramente técnico, logístico, para ayudar a la iglesia a organizarse mejor. Pero cuando una comunidad de creyentes redimidos por Cristo (una iglesia) pasa a ser una organización con fines de lucro (una empresa), cambia TODO.

En el proceso, en muchas iglesias evangélicas las ideas, las actitudes y el lenguaje han ido cambiado de manera lenta pero continua mostrando señales inequívocas, cada vez más claras, de la influencia de la mercadotecnia, la sicología de masas, la sicología motivacional, la administración de empresas, la neurolingüística, etc., en su interior. Al mismo tiempo, en esas iglesias van surgiendo nombres y roles propios del mundo de los negocios, que empiezan a usarse como si nada: el Evangelio se empieza a ver como un producto para vender; muchos pastores empiezan a sentirse más como gerentes o ejecutivos y menos como ministros del Evangelio; los cultos van desapareciendo para ser reemplazados por conciertos, los creyentes ahora tienden a ser vistos por el liderazgo de la iglesia como clientes antes que como hermanos en la fe; la evangelización se organiza ahora como una campaña de ventas.

Con todas estas mutaciones también va apareciendo un ejército de técnicos y expertos con una gran maleta de destrezas también extraídas del mundo empresarial para aplicarlas sin más en la iglesia. Proponen hacer procesos de “reingeniería” en las familias con problemas, hacer sesiones de “coaching” con las parejas mal avenidas, “levantar la marca” de tal o cual iglesia, enseñar al liderazgo a “fidelizar a los clientes” de su congregación, diseñar “estrategias de venta” para evangelizar y capacitar a los diáconos con charlas de “servicio al cliente”. La pregunta inevitable es, ¿qué ocurrió con la Iglesia que fundó Cristo?

La única respuesta posible es que aquella comunidad de hombres y mujeres salvos por la gracia y misericordia de Dios fue reemplazada por una empresa. Y al cambiar la naturaleza de la Iglesia por la naturaleza de una empresa, cambió todo: pasamos del servicio al ser humano por amor a Dios al servicio a los clientes por afán de éxito, popularidad y, por supuesto, lucro. Obviamente, un negocio nunca se crea para perder dinero, y la iglesia que se re-crea como empresa busca “mantenerse en el negocio”, y para ello tiene que seguir las consabidas recetas del mundo empresarial: mantener contento al cliente, crearle nuevas necesidades, animarle a seguir consumiendo nuevos productos, mantenerle fiel a la marca, etc. En suma, la nueva misión de estas iglesias-empresas es mantener a sus clientes fieles a la marca y, por supuesto, atraer nuevos clientes. Reiteramos la pregunta: ¿Qué ocurrió con la Iglesia que fundó Cristo?

Al parecer la medida del “éxito” de una “iglesia” en los tiempos que corren es tener muchos clientes contentos, aunque eso sea señal, más que de una comunidad de creyentes bendecida, de un negocio floreciente y de beneficio para quienes están en el vértice de la pirámide.

La ilusión de ser iglesia no obstante tiende a mantenerse, pues aunque parte del lenguaje ha cambiado en el liderazgo, éste sigue usando la jerga evangélica entre los clientes-creyentes comunes, porque eso contribuye a dar cierto barniz de espiritualidad, de contacto con Dios, a lo que ocurre en el escenario-púlpito. Así llegamos a un modelo de “iglesia” totalmente desorientado en el que conviven el rendimiento económico con la devoción religiosa como si fueran, no sólo compatibles sino complementarios. Es el templo convertido en mercado que tanto indignó al Señor Jesucristo, y ya sabemos lo que hizo.

Este infortunado giro comenzó en realidad hace mucho. Ya en 1925 Bruce Barton, un publicista estadounidense, publicaba un libro de enorme popularidad en el que describía a Cristo como un ejecutivo de éxito, el “fundador de la empresa moderna”. En los ochentas, Gary North, un economista presbiteriano estadounidense, decía en sus libros que Dios “ordenaba” el capitalismo de libre mercado y escribía que el cielo era la sede de la “empresa” de Dios y las iglesias sus “sucursales”: el negocio del Padre y el Hijo era, por supuesto, vender el Evangelio. En 2001, un conocido biblista evangélico latinoamericano publicaba un libro en el que ponía a Jesús como un “ejecutivo ejemplar” que se creó “una imagen sólida” y fue un “gran estratega”. Estas y muchas otras dudosas lecturas del Jesús de los evangelios que se han multiplicado en los últimos años en los distintos medios, dejan una profunda huella en la gente y han abierto el camino al conjunto de distorsiones que han penetrado en muchas iglesias evangélicas nacionales. El resultado es que el Evangelio del Señor Jesucristo y su mensaje de transformación y novedad de vida ya no son solamente irreconocibles, sino que están ausentes.

Pero la cuestión no se ha detenido allí y al parecer siempre hay pastores y líderes dispuestos a dar más pasos, y más audaces, en el terreno que mezcla el Evangelio con los negocios. En algunos países del continente, incluido el nuestro, ya había “sucursales” de iglesias desde hace algún tiempo, pero ahora comienzan las “franquicias” de iglesias-empresas nacionales y de otras latitudes. El modelo de negocios empresarial sigue absorbiendo y anulando progresivamente el espíritu y razón de la Iglesia tal como Cristo la fundó.

¿Cómo calificar lo que ocurre ante nuestros ojos? Dígalo usted, hermano, hermana. Un escritor latinoamericano que en los setentas denunciaba las distorsiones de Cristo en la teología y la política decía que peor que la traición de Judas, que entregó el cuerpo de Cristo, era la de quienes traicionan su espíritu. Evidentemente, la iglesia-empresa traiciona a Cristo. Hermanos, hermanas: necesitamos volver a las raíces del Evangelio que nos dejó nuestro Maestro y recuperar la dimensión humana y generosa de la Iglesia que Él fundó con su sangre.

Para reflexionar y actuar

Estudiemos y conversemos:

  1. ¿Qué enseñan el libro de Los Hechos y las cartas de Pablo sobre la ekklesía (la iglesia)?
  2. ¿Qué es la iglesia? ¿Quiénes la conforman? ¿Cuál es su misión?
  3. ¿Qué es y qué características tiene el modelo empresarial?
  4. ¿Qué es una franquicia y en qué consiste? ¿Qué diferencia hay entre sucursal y franquicia?
  5. ¿Podemos aplicar el modelo de negocios a la iglesia sin distorsionar su misión? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué?
  6. ¿Puede funcionar una iglesia sin ayuda del modelo empresarial?
  7. ¿Cómo imagina usted a su iglesia?

Actuemos:

  1. Hagan una observación concienzuda de su iglesia. ¿Creen que se han introducido elementos del modelo empresarial? ¿Por qué?
  2. Si aplica, hagan una lista de las prácticas prestadas del modelo empresarial que ha adoptado su iglesia y definan una estrategia para reemplazarlas por prácticas alineadas con la ética del Evangelio.
  3. Con los hallazgos de 1 y 2, escriban un informe bien respaldado para presentarlo al liderazgo de su iglesia.
  4. Elaboren una serie de cinco estudios bíblicos y cinco temas de predicación que aclaren en la congregación las confusiones provocadas por mezclar realidades y modelos iglesia-negocios. Apliquen esos estudios y temas en su iglesia.
  5. Redacten una declaración con respaldo bíblico que resuma sus convicciones sobre el espíritu y la razón de ser de una iglesia tal como Cristo la fundó y su rechazo de la introducción del modelo empresarial en ella.

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